A mí siempre me gustaron más los indios que los vaqueros. Cuando yo era jovencito veíamos aquellas películas en las que, los indios, de buenos tenían bien poco. Además salían pintados como demonios. Aún así, a mí no me convencieron los de Hollywood. Tanto como los indios, se pintan hoy algunas chicas y tampoco me asusta, aunque algunas se pinten como apaches. Lo digo por la cantidad de pinturas y mejunjes, no porque parezcan asesinas despiadadas. De esto mucha culpa la tiene el maletín de la Señorita Pepis. Aquel maletín tuvo consecuencias para toda una generación. Hoy no sé si sigue existiendo el maletín mencionado pero el daño ya está hecho. Lo del daño lo digo con todo el cariño, no para faltar. Porque es increíble el tiempo que puede dedicar una jovencita a rebozar y revestir su cara para lucir como Dios manda. Al menos una que yo conozco. Lo he visto con mis propios ojos. He tenido el enorme privilegio de asistir a ese momento, aunque en este caso lo de momento no queda bien, porque la ceremonia es más bien de horas, no de momentos. Alicatar un baño lo veo mucho más sencillo. No podía imaginarme que, en las noches de fiesta, tras la jovial y atractiva imagen de una jovencita veinteañera, se escondiera tan descomunal empresa. Es el caso que la jovencita en cuestión, sin pintura ni nada en la cara, es, de suyo natural, bien hermosa. Si no lo fuera no quiero imaginar de cuánto tiempo hablaríamos.
Es verdad que lo que voy a contar es, a mi juicio, un caso especial, singular, extremo, único, digno de ser estudiado por alguna universidad americana de esas que no saben en qué perder el tiempo. Claro que mi juicio en estos asuntos es de poco peso, de ninguno diría yo. Yo cuento aquí lo que vi y lo que se me dijo.
Hora de salida, las doce treinta. Por lo que todo lo que sea empezar a maquillarse después de las diez treinta significa prisa, agobio, precipitación, catástrofe. Hablamos de la cara, ¡cuidadito! Porque si la susodicha tiene que ducharse y hacerse el pelo, me dicen que tenemos que añadir otro par de horas más. Hoy está duchada, pero ya vamos tarde. Lo primero, el maletín de los potingues. Un investigador químico tiene en su laboratorio menos botes. Aquí hay de todo para cualquier tipo de cutis y en distintos tonos. Pinceles de distintos grosores y tactos. Esponjas. Pinzas para retorcer y estirar lo que haga falta. Una crema de base, una restauradora, otra tensora, también exfoliante, y otra regeneradora por si te pasas con la exfoliante. Naturalmente también hay sérum. ¿Qué es sérum? Pues en español se llama suero, pero dicho así pierde mucho glamur y se vende la mitad justa. Sirve para hacer milagros, según me cuentan aquí, pero nadie los ha visto, aunque tiene mucho de milagro las toneladas que se venden. Dieciocho tonos distintos de maquillaje, más claro, más oscuro, más brillante, menos brillante, opaco, transparente, acción caoba, efecto nácar, textura de mármol, de noche, de día, de tarde, de mañana,( como los turnos de una fábrica). También tenemos una crema limpiadora por si, una vez acabada la noche de mambo, todavía le queda ánimo suficiente para quitarse el enlucido. Yo me imagino que si sirve para quitarse todo esto, tiene que servir para decapar puertas. Imagino también cómo quedará la almohada si se mete en la cama sin limpiarse. Vamos a empezar así que se me pide silencio, que la cosa es seria. Una vez limpia la cara, con el cutis hidratado, comienza la faena. Lo primero, cambiar el color de esa cara que ahora, con veinte años, está fresca y lozana que ofende a la vista. Más adelante, cuando ya ronde la cuarentena, habrá que dedicarle más de dos horas para que se parezca a la que aquí tenemos sin pintar. Esto lo pienso, pero no lo digo, porque ya se me ha advertido de que no se debe distraer a la artista. Además soy el único hombre entre cinco mujeres y este privilegio se me puede retirar sin aviso previo, sin votación ni nada. Basta con que alguna de ellas lo crea oportuno. Sigo con el relato. El color nos está quedando algo oscuro. Esto estaría bien en pleno agosto, a la vuelta de un viaje al Caribe, no en este febrero del norte.
- ¡Qué negrura, chica!
-Ese tono África solo pega en una fiesta de tribu con tambores.
Hay unanimidad. Ala, a limpiarse un poquito, a frotar, a estirar con la almohadillita de algodón.
-Tampoco frotes tanto, que te llevas la hidratante de base, hija.
Bueno, diez minutos más de enlucido y ahora sí. Ahora ya tenemos un color, una cosa elegante, ni claro ni oscuro, atractivo a la par que discreto, luminoso, fresco, un color… Yo no sé qué color es este. La cosa va para media hora. Vamos a por los ojos. Aquí se ha de decir que los ojos, los de esta jovencita, tal y como los tiene al natural, parece bien difícil mejorarlos, que son, a mi humilde parecer, de los más hermosos que he visto. Se me indica que guarde silencio y que mi parecer puedo dejarlo en el coche. Parece ser que a ella los ojos no le gustan tanto como a mí, así que, a base de perfilárselos, se los va a cambiar por unos más…distintos. A mí, de verla a ella con ese lapicero, me están empezando a llorar los míos. Raya por arriba, raya por abajo. Raya por dentro, raya por fuera. Hay que probar todo tipo de rayas, que cada noche es distinta y no sabemos cuál nos quedará mejor hoy. Se discute la cuestión, bueno yo no, la discuten ellas, y se decide que la raya, hoy, tiene que ser por fuera. Con la raya por fuera, ya el ojo parece otra cosa, como si hubiera estado mirando por un tubo de escape. A mí eso me parece un perfilado de efecto carbonilla, pero es porque no entiendo. Ahora viene el párpado, que hay que darle volumen a base de luces, sombras, brillos y exquisitos difuminados, es decir, como si te hubieran dado un puñetazo, pero con la fuerza justa para que quede llamativo, vistoso y sugerente, pero sin que parezca un moretón. Llevamos un rato bien grande con el primer ojo y ahora tenemos que dejar el segundo idéntico a este. A mí me parece difícil volver a reproducir con exactitud la paranoia volumétrica del primer párpado. Se me comunica que eso es pan comido. Después de veinte minutos, increíble, ya no hay quien distinga un ojo del otro. Están igualitos. Atención, las pestañas. Que tampoco le gustan como las tiene. Lo que veo a continuación puede herir la sensibilidad del espectador que sea como yo. Se trata de retorcérselas, o no sé qué, con unas pinzas como las de sacar los fritos de la sartén. A mí me da mucha grima. Parece una cosa de nazis torturadores en busca de una confesión. Desde luego, si me las ponen a mí, yo confieso el asesinato de Kennedy, que me dormí al timón del Titanic, la extinción de los dinosaurios, lo que sea pero por favor que me quiten eso de las pestañas.
Vamos a ver qué se puede hacer con la boca. Con la mía, mantenerla cerradita. Ahora vamos con la de ella. Es primordial escoger el tono para que combine con los tonos azulados del contorno de los ojos y con el color ese raro que teníamos en la cara, y con el color de ojos suyo de siempre, y con el crudo del vestido, y con el de la funda del móvil. Esto nos lleva diez minutos largos. Porque una mala elección y pasas de ser la reina de la fiesta que causa admiración a su paso, a ser el putón verbenero que anda escurriendo los vasos del garito. Esto es así. Una cosa más que delicada, y la línea es muy, muy fina. Se opta por un color neutro, que yo no sé lo que es, pero ellas sí, y después lo perfilamos, delicadamente, con una sutil iridiscencia que aporta un sugerente difuminado de luz, un halo seductor, un hechizo carmesí, una hora que llevamos con la boca. A mí me duelen los labios de tenerlos contraídos mirando para ella. Francamente, todo un trabajo artístico, un derroche de sensibilidad que se va a quedar pegadito por los vasos. Rematamos la faena con unos toques de brochón aquí y allá y listo, a triunfar en la noche, o lo que sea. Parece que la cosa ha salido bien y que todas las presentes están conformes con lo conseguido. Yo creo que, con el color de la cara, las manos parecen de otra persona, pero me callo, no vaya a ser que esté diciendo una estupidez.
He tenido el privilegio de asistir a este momento (dos horas). Ha sido divertido compartir por un momento (dos horas) las risas, la ilusión y los veinte frescos y atrevidos años de ella.
La de tiempo que me he ahorrado con ser hombre.
Haya salud y suerte.
SOLO PARA ADULTOS
Como todos sabemos yo no veo la tele más de trece minutos al día, y si no lo sabemos es porque no estamos muy atentos a lo que aquí se escribe. Trece minutos siempre me han parecido más que suficientes. Antes. Ahora ya me parecen insoportables. El país que sale por ella me da vergüenza, porque no es el país que yo conozco, ni el que vivo. Es el país que se ha montado esta piara de figurantes y tiralevitas. Yo vivo entre gente honrada (habrá excepciones, claro). Gente corriente, es decir, que no la mueve ni persigue espurios objetivos. Gente que no merece los políticos huéspedes que soporta. Aún así, no quiero que la libreta eléctrica se empape de tanta bazofia y mondongo como generan estos palurdos que tenemos por castigo. Así que, por sacar de este ambiente mi libreta eléctrica, voy a escribir un cuento un tanto especial. Solo para adultos.
Voy contaros un picante sucedido
que por cierto y por verdad me se contó
escuchar que os llegue a los oídos
lo que al güeno de Indalecio le pasó
Caminaba tan contento y distraído
por los montes de la tierra onde nació
cuando en medio de un solitario camino
una mu flamante boina se encontró
De cuando estaba allí la boina
naide supo dar razón
naide preguntó por ella
ni lo acusó de ladrón
Ni corto ni perezoso cogió la boina Indalecio
y viendo que era su talla allí mismo la estrenó
parecióle más que bien el bajo precio
y con la boina calada pal pueblo se encaminó
Poseía la tal boina la increíble cualidad
de poner a hervir la líbido del que a mirarla alcanzaba
fuese hembra o fuese macho, ser humano o animal
el apetito sexual la boina les despertaba
Llegó el Indalecio al pueblo
cuando el sol más calentaba
se fue a charlar con Basilia
como siempre acostumbraba
Allá entró por los corrales
buscando la sombra fresca
onde Basilia y Tomasa
le estaban dando a la lengua
Las buenas les dio Indalecio
a Basilia y a Tomasa
preguntó por los maridos
y por todos los de casa
Arrimose el Indalecio
pa disfrutar de la charla
acomodose en el corro
a la sombra de la parra
Mirar lo que traigo puesto
que la acabo de encontrar
estaba allí en la parcela
y nuevecica a estrenar
Las dos paisanas a una
le echaron vista a la boina
y a partir de este momento
cambió del todo la historia
Pusiéronse ambas verriondas
con la sangre en un hervor
y en menos que canta un gallo
la ropa toda sobró
Se espatarró la Basilia
que ya más no se pudiera
sin correr riesgo mortal
de descoyuntar las piernas
Chorreando de sudor
quitó la boina Indalecio
y al colgarla de la parra
la boina extendió su efecto
Formose allí un revoltijo
de partes blandas y duras
de carnes un amasijo
de sudorosas gorduras
Cuando mejor lo pasaban
entró el cura en el corral
el ama lo acompañaba
en su ronda semanal
Los ojos se restregaron
mirando escandalizados
y al demonio le achacaron
aquel horrible pecado
Entonces fue cuando el cura
miró la boina colgada
se arremangó la sotana
y se lanzó a la pomada
El ama se hacía mil cruces
ante semejante orgía
si no encontraba remedio
cuatro almas se perdían
Pensó que la solución
sería tocar las campanas
tocando a fuego sin duelo
pa buscar quien lo apagara
Pero miró pa la boina
y en vez de tocar campanas
agarrose del badajo
debajo de la sotana
Y no paró aquí la historia
pues más gente iba llegando
que por causa de la boina
al corro se iba sumando
Olvidáronse rencores
las rencillas y disputas
mezcláronse los sudores
realizando mil permutas
El que desveló el asunto
nunca se supo quién
siendo en el pueblo cincuenta
llegó a contar hasta cien
Cuando ya las partes duras
perdieron el su vigor
y lo que antes fue gusto
tornábase en escozor
Dieron fin a la faena
buscando entre los montones
camisas y pantalones
y hasta mañana mu güenas
La boina del Indalecio
nunca más apareció
pérdida tan desgraciada
más de uno la lloró
Así me se contó a mí
lo que acabas de escuchar
y si no aparece la boina
nunca más vuelve a pasar.
Haya salud y suerte.
CARTA DE AMOR II
Querido manolo, dos puntos.
Paso a contestar tu amorosa epístola. Lo primero, y en respuesta a tus lindezas, te diré mi amor lo que sigue. Cincuenta años dices, a mi me han parecido un suspiro, habría necesitado muchos más para hacer de ti algo presentable. En cuanto a eso de” hasta que la muerte nos separe” y tu preferencia por que fuese una rubia, y no la muerte, respeto tus preferencias. Podría habernos separado una rubia, pero tendría que haber sido además ciega. Porque no se entiende que, ese pedazo de rubia que tú te imaginas, se aviniese a soportar un botarate como el que yo he sufrido. La boquita de piñón la conservo, y tú conservarías la tuya si no te hubieras pasado la vida poniendo excusas para disimular el miedo cerval que le tienes al dentista, que en el tiempo que llevamos juntos te he anulado una consulta por año y a veces dos. Aunque, bien mirado, esto ha sido una ventaja, porque habría supuesto un dineral para alguien con la boca tan grande. Con cariño te lo digo.
Es verdad que me he cuidado, que siempre quise estar arregladita para ti. Si esto ha extinguido a los caracoles no lo sé, pero lo que es baba no ha de faltar, que en esta carta dejas una cuanta. Sobre la redondeces, en tu caso, está de más el plural, que tú eres de arriba a abajo una sola. Lo que tú llamas resbalones de vaca vieja, agarrada de tu brazo, no son la causa y motivo de tu maltrecha cadera. Eso te viene de antes, cariño, de la media docena de sofás que has gastado con ella, de tanto deporte repanchigado como practicas. Que conservo el brillo y la mirada que siempre tuve, pues esa suerte hemos tenido, porque si fuera por lo que tú ves y te fijas, aún no habríamos regresado del viaje a Cuenca de recién casados. Que no ves los carteles ni aunque te los metan en el coche, mi vida. Repito tu nombre sin cesar, es cierto, aunque sé que no eres sordo, porque los sordos saben que la basura, la cal de los baños y las perlitas de pis que dejas con tu manguera no se autodestruyen, que la lavadora no actúa sola mientras en el bar se gestionan partidas y asuntos de importancia capital, necesita que la maneje un humano, al igual que la plancha, la cocina, el horno, la aspiradora y tantas cosas que, después de cincuenta años, no has descubierto. Cincuenta años cambiando juntos, que no revueltos como los pelos de la fregona reteñida en que, según tú, se ha convertido mi real melena. El caldero ya lo pones tú, que así se ha quedado la tuya de lisa y brillante. Es verdad que ya no me quedo ensimismada escuchando tus palabras, que me duermo, pero es que a mí no me gusta el futbol, mi amor, no sé si esa alineación es la correcta para afrontar un partido como este, ni me importa un pito lo que hacen todos esos corriendo por un prado los domingos. Hablando del domingo, ese día que tu recuerdas, esas mañanas perezosas de polvo tras polvo. Me permito recordarte que, aun cuando fueron perezosas y entrañables, ese tras, que colocas entre polvo y polvo, te ha quedado excesivo. Las partidas de cartas que, según tú, yo aderezaba con mis trampas, no eran otra cosa que conferencias que tú dabas sobre cómo y de qué manera se ha de jugar. Si hice alguna sutil trampa fue seguramente para dar colorido y un poco de diversión ante tanta solemnidad. Yo jamás me he creído con una suerte fabulosa, nunca la he tenido, de ello tú eres mi mejor prueba.
Seguramente he dejado de ser especial y única para convertirme en una maniática, y tú en otra más de mis manías, por eso hemos podido andar todo este camino juntos, por eso he podido soportarte todos estos años, cariño, porque soy una maniática. Y esto no es nuestro amor, es el tuyo. Porque yo si te escogería si viviera otra vez. Porque hay muchas cosas todavía que tienes que cambiar. Porque cincuenta años se quedan cortos con alumnos como tú.
PD-Manolo querido, si mueres antes que yo, por lo mucho que aún te quiero y los años que hemos compartido, estate tranquilo, te irás con el traje marrón. Tienes que ir guapo.
CARTA DE AMOR
Querida Enriqueta, dos puntos.
Llevamos casi cincuenta años juntos, pegados diría yo, que no he podido en todos los cincuenta separarme ni más de diez metros, ni más de diez minutos, sin tener que prestar declaración ante tu judicial persona. Que cuando dije aquello de,” hasta que la muerte nos separe”, no pensaba yo llevarlo a término de manera tan tajante y literal. Que yo hubiera preferido que nos separase una rubia. Cincuenta años de experiencias, unas para olvidar, otras no las olvidaré mientras viva. No he olvidado aquella boquita de piñón que me conquistó, no he podido olvidarla, nos ha costado una fortuna en empastes, limpiezas e implantes para que, después de cincuenta años moliendo manduca, siga tan fresca y lozana como la tenías entonces. Cincuenta años cambiando juntos. En estos cincuenta años yo me he hecho viejo, tú te has hecho nueva gracias al cirujano y las cuarenta toneladas de potingues que te has extendido por el cuerpo mañana y noche. Unas porque tensan, otras porque estiran, todas te venían bien. Las de aloe y las de veneno de serpiente, todas, y, cómo, no, las de baba de caracol, que, lo que es caracoles, solo para conservar ese terso cutis que tú tienes, tienen que estar al borde de la extinción.
De aquella Enriqueta que yo conocí apenas queda muestra. Tampoco aquella figura esbelta y de sugerentes redondeces he podido olvidarla. Ahora las redondeces han ido a parar a otras partes, pero las sigues teniendo. Recuerdo también, cómo no, aquellos andares tuyos, aquellos saltitos de gacela mientras cruzabas orgullosa la plaza, sabiendo cuántos ojos te miraban. Ahora ya no son saltitos de gacela, son resbalones de vaca vieja lo que parecen tus meneos colgada de mi brazo. Seguramente de ahí me viene a mí este desgaste de cadera. Y tu mirada, aquella mirada que me hipnotizaba, aquel brillo salvaje que brotaba de tus ojos. El brillo salvaje, aún hoy lo conservas, puedo verlo cuando piso el suelo que tú acabas de fregar. Aquella voz tuya que me hacía estremecer cuando escuchaba mi nombre, tampoco puedo olvidarla, lo oigo cada día trescientas veces, -Manolo recoge esto, Manolo lleva aquello, Manolo haz el favor. Tú pelo, aquella real melena que causaba admiración, a la que tantos cuidados y tratamientos hemos dedicado para convertirla en la fregona reteñida que luces hoy.
Cincuenta años Enriqueta. Parece que fue ayer cuando te quedabas ensimismada, sin pestañear, escuchando mis palabras. Ahora también te quedas sin pestañear, pero con los ojos cerrados, dormida, roncando. Hay tantas cosas que no he olvidado en todos estos años, que necesitaría otros tantos para decirlas aquí. No he olvidado aquellas perezosas mañanas de domingo entre las mantas, disfrutando uno del otro, polvo tras polvo, hoy las mismas mañanas también las dedicamos al polvo, a limpiarlo, y la única que disfruta eres tú. Aquellas entrañables noches de charla, de partidas interminables de cartas en las que yo pasé por tonto para no ver la sarta de trampas que tú hacías y achacabas a tu suerte fabulosa. Es verdad, una suerte fabulosa has tenido, porque si hubieras nacido en el oeste americano te habrían pegado cuatro tiros. No he olvidado todas aquellas cosas y detalles que te hacían especial, única, y que te han convertido en la maniática insoportable que tengo por mujer.
Hemos andado un largo camino. Algo irrepetible, porque yo no lo repetiría por nada del mundo. Un camino de aprendizaje, de ilusión, un camino maravilloso si tú no te hubieras dedicado a sembrarlo de minas, recados, críticas, arreglos múltiples y horrendas premoniciones. Sin embargo aquí estamos, pegados, cambiando juntos. Y esto es el amor. Nuestro amor. Cincuenta años Enriqueta, si es que eres Enriqueta, la que me enamoró, que a veces me cuesta creerlo. Toda una vida juntos y, si viviera otra vez, no podría escogerte de nuevo, menos mal, porque el matrimonio es para toda una vida, no para dos.
PD-Enriqueta querida, si me muero antes que tú, no me pongas el traje marrón.
ANTISISTEMA
Antisistema. adj. Contrario al sistema social o político establecidos.
Para que yo fuera un antisistema, este sistema que disfrutamos, elogiado y aplaudido por doctrina y catequesis, tendría que ser causa de injusticias y desigualdades. Tendría que permitir que, al amparo de sus leyes, entidades y personas, sin escrúpulos ni vergüenza, practicaran la usura y la especulación solo por pura codicia. Tendrían que estar dirigidas sus instituciones por vividores, ególatras y bucaneros. Tendría que permitir sin sonrojo que bajo su manto florecieran la pobreza, la injusticia y el saqueo de las arcas públicas. Tendría que tener por regidores a gentes sin vergüenza ni decoro. Tendría que tener las cárceles llenas de pobres. Tendría que dejar a sus hijos sin futuro ni opción. Tendría que oprimir, abrumar, esquilmar, exprimir y vaciar a los que menos tienen con recaudaciones medievales para poder mantener los castillos y prebendas de sus príncipes. Tendría que ser represor con sus propios votantes y desoír sus quejas. Tendría que suprimir el apoyo a los desfavorecidos para acudir al socorro de los avaros. Tendría que pregonar y promover el culto al dinero como amo y señor. Tendría que cercenar la cultura espontánea y fresca de sus hombres y mujeres con leyes, códigos, reglamentos, pautas y preceptos que la silencien y dobleguen. Tendría que estar en manos de partidos políticos que exigieran a sus miembros sumisión y ciega obediencia en lugar de libertad de pensamiento y democracia. Tendría que ser un sistema donde la voz del pueblo y sus deseos se pudieran silenciar por decreto. Tendría que ser un sistema donde los cauces legalmente establecidos, para su regeneración y mejora, desembocaran directamente en un batiburrillo de leguleyos acomodados repartiendo pedorretas por sentencia. Tendría que ser un sistema donde, medios, justicia, banca y regidores coman en los mismos corrales. Tendría que ser un sistema donde yo me sintiera, extraño, estafado, engañado, herido, enfadado, impotente y triste.
No voy a seguir. Soy un antisistema, sí. ¿Qué pasa?
Haya salud y suerte.
UN DÍA DE ESCUELA
Son las ocho de la mañana, es lunes y aún no ha amanecido. En la calle está nevando, en la cocina de mi casa no. La cocina de mi casa está calentita porque mi madre, a la que nunca he visto durmiendo, ha encendido el fuego, ha preparado el desayuno para mi hermano y para mí y tiene nuestras chaquetas listas y calentitas para que vayamos a la escuela.
En el pueblo no tenemos escuela, así que tenemos que recorrer tres kilómetros hasta el pueblo más cercano. Allí es donde tenemos la escuela. A mí la escuela no me gusta, ni me gustará, eso no necesito esperar a ser mayor para saberlo. Siempre me ha gustado aprender, pero no me ha gustado la escuela. Algo no cuadra pero no voy a investigarlo ahora. Mi hermano y yo nos vamos de mañanita con otros seis niños andarines. Por el camino siempre pasa algo que nos retrasa y nunca llegamos a tiempo, por eso tenemos que sortear quién será el valiente que llamará a la puerta y se llevará el rapapolvo de la maestra, que siempre la emprende con el que llama, como si fuera idiota, mientras los demás escurren el bulto y se deslizan en sus pupitres con cara de llevar allí un par de horas esperando. Dependiendo de quién llame y cuente la excusa sube o baja el tono de la monserga, así que casi siempre llama Juan Luis, que parece que a la maestra le generas sensaciones más positivas que si llamo yo. De hecho, a mí me suelen excluir del sorteo porque he llamado tres veces y siempre ha desembocado en descalificaciones y una violencia gratuita que en nada favorece la formación de los otros niños y, como la maestra parece no darse cuenta, hemos decidido que por pura salud, pedagógica del alumnado y física mía, es mejor que yo no llame. Yo les estoy bien agradecido. Lo que hacemos hasta el recreo es aprender nombres de señores, de ríos, de ciudades, y fechas de muertes y nacimientos de otros señores. También hacemos dictados, que es una especie de emboscada ortográfica que algún malnacido, con bien poco que hacer, se encargó de preparar para que cometas el mayor número de faltas posibles y puedas así quedar como un borrico delante de los demás. El recreo es lo mejor de la escuela, y en esto estamos todos los niños de acuerdo, por lo menos en esta. En invierno, si está nevando como hoy, la maestra no nos deja salir, nos quedamos en la escuela jugando a cualquier cosa y aprendiendo unas canciones pasteleras que se sabe ella y que solo se cantan aquí, porque si algún niño es sorprendido cantando estas cosas por su cuenta fuera de horario escolar, y de la vista de la maestra, los demás niños lo apedreamos. En verano salimos todos al patio, que en esta escuela solo es la explanada de tierra y piedras que linda, al norte con la puerta de la escuela, al sur con camino carretal, al este con paredes varias y al oeste con campo comunal. Salimos al patio, digo, como si la escuela estuviera ardiendo, sin orden ni disciplina pero mucho más deprisa que en los simulacros que hacen ahora, y en dos minutos la explanada comparte tres partidos de futbol distintos con tres balones idénticos, guerras de indios y vaqueros y un sinfín de juegos, simulacros, gestas, conquistas, venganzas, ajustes de cuentas. Un batiburrillo de niños y niñas en perfecta ósmosis. Aquí nadie piensa ni se sospecha mejor ni peor que otra. Eso vendrá después, pero tampoco pienso investigarlo ahora. Eso sí, los niños, en diez minutos andamos todos enseñando el calzoncillo, como ahora, pero no porque sea una moda, es que las madres nos hacen los pantalones cortos, pero cortos, cortos. Se ven los calzoncillos por debajo del guardabarros. Y esto no es una moda, es una humillación. Además, por culpa de estos pantalones tan cortos, tenemos las piernas como robles. No como robles de duras, no, como robles de costras, rasponazos y mataduras.
Hoy, como está nevando, nos toca cantar y parecer civilizados. A la maestra no le preocupa demasiado parecerlo, porque si no, no se entiende que me haya dado media docena de bofetones por no poner una a mayúscula al principio del maldito dictado. Pensé que había algo más de confianza y compañerismo y no hacía falta tanta formalidad y protocolo a la hora de empezar un dictado aquí, en la escuela del pueblo, entre paisanos. Pensé mal. No le ha parecido bien. Yo creo que a Juan Luis no le habría sacudido con tanta saña, pero tampoco voy a investigarlo ahora. El día de escuela se acaba y volvemos a casa. Tres kilómetros de actividades extraescolares, a la gresca, bolas de nieve, pistas de hielo y baños de contraste. Llegamos a casa a un paso de la hipotermia, con las manos como piedras y la nariz de cristal. En la calle sigue nevando, pero en la cocina de mi casa no. La cocina de mi casa está calentita.
Haya salud y suerte.
EL CUENTO DE LOS COJONES
Érase una vez un padre. Uno cualquiera. De esos pertenecientes a la generación del progreso, del avance tecnológico, de los derechos y logros, de igualdades y buenas maneras. Esa que, en menos que canta un gallo, ha esquilmado el planeta. Esa que todo lo arrasa y extingue pero no de cualquier manera, no señor. Arrasa y extingue con elegancia y distinción, no como una caterva de bárbaros embrutecidos, de eso nada. Nobles intenciones, académicas enseñanzas y principales propósitos justifican su inexplicable conducta.
Este padre, todo él amor y buenas intenciones, regalaba de cuándo en vez los oídos de sus amados hijos con el cuento de los cojones.
El cuento como tal, no es gran cosa. Un detenido estudio de su argumento y estructura nos revela, sin dejar lugar a dudas, que se trata de una triste y peregrina historia. Una patraña repetida mil veces hasta aturdir las tiernas cabezas de quienes la escuchan. Incluso como cuento es difícil de creer, pues es costumbre generalizada añadir aquí y allá improvisando sobre la marcha lo que a cada cual le parece conveniente, o favorece a sus intereses. Quiere esto decir que estamos ante un auténtico tostón del que corren por el mundo cientos de versiones, de corta y larga duración. Versiones para todo tipo de oyentes. Para superdotados, para lelos, para nenes, para nenas, para descarriados, para todos hay una bonita versión del cuento de los cojones y un voluntario dispuesto a largarla . Una frase, dos palabras, son a menudo el principio de la letanía. Siempre las mismas. HAZME CASO. Esta especie de consejo, que no es tal consejo si no una orden en toda regla, es la respuesta que recibe el infante preguntón y desencantado.
ÉRASE UNA VEZ tú hazme caso, estudia para llegar a ser una persona de provecho. Dicho así, hasta positiva parece tal afirmación, y saliendo por entre los labios del que es tu padre, sólo por verdad puede tomarse. Porque dice persona de provecho, no persona aprovechada. La cuestión es si el no estudiar te imposibilita para ser persona de provecho, porque en la mayoría de los casos, el que esto dice, no pasó de aprender a leer, escribir y poco más, con lo cual podemos deducir que no es persona de provecho, pero cualquiera se lo dice.
Cuándo el infante, aún inmaduro, recibe este consejo, es porque el padre ha detectado en su retoño actitudes, comportamientos, o palabras que hacen peligrar la estabilidad y armonía del núcleo familiar.
¿Cómo puede ser que un muchacho tierno y bobalicón, se desencante así, por su cuenta y riesgo, del sistema educativo? ¿A qué se debe que alimente en su interior la sospecha, infundada por supuesto, de que tanto estudio, tanta educación, tanta norma y tanta pedagogía, no son lo que parecen? ¿Podría ser que aún sea pronto para que se noten los efectos de la parafernalia didáctica, mediática y propagandística con que esta sociedad del bienestar bombardea a todo nacido bajo su tiempo?
ÉRASE UNA VEZ hazme caso, ¿Tú qué quieres, pasarte la vida trabajando como un negro?
¿Quiere esto decir que las personas de provecho no tienen que trabajar y que los negros no son personas de provecho?
Sin embargo, no es esto lo que enseñan en la escuela. La gente estudiada, las personas de provecho, se pasan la vida trabajando duramente en beneficio de toda la humanidad. Y la humanidad está compuesta por un sin fin de pueblos, de individuos de distintos colores. Y todos somos iguales, todos trabajamos en un mismo proyecto para caminar en pos del progreso y el bienestar. Y este trabajo nos dignifica. Y aquí alguien miente más que habla.
Si todas las maravillosas personas que, siguiendo el consejo de papá, estudian sin descanso hasta los treinta años son personas de provecho con tan nobles principios, ¿cómo puede ir esto tan rematadamente mal? ¿Dónde se meten una vez alcanzado el provecho? Y, ¿cómo un guaje puede hacer semejantes preguntas? A veces es necesario acompañar el relato con algún que otro bofetón preventivo y ejemplarizante.
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso, el sistema educativo te proporcionará educación, cultura y buenos modales.
¿Dónde, si no, han conseguido nuestros gobernantes y principales tan alto grado de provecho y esa exquisita educación para decir mentiras sin descanso con una hermosa sonrisa, para decidir sobre vidas y destinos sin inmutarse siquiera, para diferenciar, sin la más mínima duda, lo que es correcto y lo que no, quién vive con la ley y quién contra la ley, quién ha de sentarse en un trono y quien en una silla eléctrica, lo que está permitido y lo que no lo está, lo que es justo y lo que no lo es? ¿Dónde? Y todo esto con buenos modales y esa pseudocultura patrocinada y dirigida tan lucrativa que gastan. Son personas cultas, rectas y de provecho. Porque se han cultivado, han cursado estudios superiores y han podido así vencer y elevarse sobre la ignorancia y el embrutecimiento. Toda esta cultura, educación y buen talante, es lo que les permite dormir a pierna suelta y dar esas conferencias y lecciones sobre la honradez de otros, los deberes de otros, las obligaciones de otros y la responsabilidad de otros, olvidándose, sin rubor ni vergüenza, de la propia. Son gente preparada (según la tele), gente culta (a mí se me escapa la risa, perdón) gente admirable con aspecto de serlo, cosa más que importante para los millones de ojos con conjuntivitis que los miran y admiran. Ser como ellos ha de ser nuestra meta y objetivo. Sobre todo porque ninguno de ellos sufre para llegar a fin de mes, porque todos ellos tienen más de lo que necesitan, porque todos ellos se lo merecen (la risa otra vez). Así es que ya estamos olvidando esa estúpida idea de abandonar la universidad para labrarnos un futuro a base de trabajo honrado. No seamos trogloditas. Eso no puede ser y además es imposible. Eso es cosa de ilusos soñadores.
Según el cuento de los cojones que este padre amoroso nos relata, estudiar sería garantía de éxito, sería asegurarse un futuro de satisfacción personal y economía saneada. De que esto es mentira cochina, son testigos miles de universitarios vagando cabizbajos y arrastrando sus zapatos, de ventanilla en ventanilla, buscando un clavo al que agarrarse y que nada han conseguido a pesar de sus esfuerzos. Cursar estudios y tragarse toda esa fritanga cultural que nos ofrece el sistema solo garantiza una exquisita educación para aceptar, con respetuosa sonrisa, un sótano lleno de cadáveres.
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso, respeta a los mayores que te cruzo la cara.
Respeto y amor para nuestros mayores, mucho amor para ellos, los entrañables ancianitos, dice el cuento de los cojones. ¿Qué es, que solo las personas maravillosas llegan a viejas? A lo mejor los cabrones se mueren todos sin cumplir los cincuenta. Si no es así, ¿por qué se ha de amar a quien jamás amó ni respetó a nadie que no fuera él mismo? ¿Algún judío podría amar y respetar a Adolfo Hitler, si no hubiera muerto, sólo por ser un arrugado centenario ansioso de amor? Tal vez puedas pasarte toda una vida haciendo perrerías, seas o no persona de provecho y, luego, cuándo la edad aumente y tu energía disminuya, pedir y exigir ese amor y respeto que como entrañable anciano no se te puede negar.
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso. Honestidad, honradez y trabajo duro.
De estas nobles cualidades surge sin remedio la persona cabal que se viste por los pies, respetable y digna de admiración. Practicar las dos primeras nos exime de la tercera, pues ningún trabajo hay en este mundo más duro que éste. Sin embargo, el cuento de los cojones, no advierte al aprendiz que estas nobles cualidades no han de llevarse hasta las últimas consecuencias, no señor. Han de practicarse en su justa medida, con moderación y mano izquierda para no convertirse en un quijote grotesco y fuera de lugar. En un anti sistema, anarquista y destructor. Estas nobles cualidades se practican, pero no se exigen a quien las predica. Gran trabajo es ya el predicarlas sin descanso, dejemos el cumplimiento para otros, repartamos las faenas para que la convivencia resulte así más llevadera.
Seguramente algún infante, incapaz de discernir lo que es cuento de lo que es enseñanza, intentará toda su vida poner en práctica, al pie de la letra, lo que el cuento dice, llevarlo hasta las últimas consecuencias. Si se empeña, conseguirá dar con sus huesos en alguna institución benéfica o penitenciaria, como los que nunca oyeron el cuento, o lo oyeron y no lo creyeron. Como la gente que solo intenta medrar y beneficiarse descaradamente, ajenos a lo que el cuento enseña, sin respeto por las apariencias. Bandoleros a cara descubierta, algo que no se puede consentir. Para evitarlo, en el cuento de los cojones se nos repite sin cesar:
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso, que las apariencias engañan. Empezando por las del cuento que más parece una Biblia casera, llena de claves y códigos sin los cuales resulta imposible su interpretación.
A pesar de engañar, las apariencias son importantísimas y llegan a convertirse en una meta en sí mismas. Miles de vidas se consagran en cuerpo y alma al preciado arte de aparentar, convirtiendo este mundo en una espesa jungla en la que resulta imposible diferenciar la apariencia de la realidad. Aquellos lectores inteligentes y avispados que saben leer entre líneas, yo no soy uno de ellos, aseguran que hay una segunda lectura del cuento en la que queda meridianamente claro su auténtico mensaje. Triunfa como sea, a costa de lo que sea y sin reparar en medios, trepa y trepa y encarámate a la cumbre, no te detengas, no mires atrás, no te apiades, acapara, crece, expándete y revienta de éxito, dinero y poder, pero que no lo parezca. Guarda las apariencias, cabrón. Nada hay en este mundo más abominable que un triunfador sin escrúpulos a la vista de todos. El triunfador, el poderoso, el ídolo, se hace entrañable y querido con ese suave y humano toque de solidaridad, con esa generosidad altruista que además desgrava, con esas indecentes fotos entre niños famélicos mientras se los comen las moscas. Les encanta implicarse, comprometerse con el apasionante mundo de la limosna creando maravillosas e intachables “fundaciones”. ¿Será también para aparentar?
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso, obedece a tus mayores, escucha sus consejos y aprende de su experiencia
Así podrás seguir, eternamente, cometiendo sus mismos errores.
¿Experiencia? ¿Qué es eso?
Según el diccionario enciclopédico de la Real Academia de la Lengua, experiencia es el conjunto de conocimientos que se adquieren con la práctica.
En ningún sitio pone que se adquiera la experiencia porque te repita tu padre una cosa dos millones de veces. ¿Qué experiencia puede tener un padre si no ha aprendido esto? Cuándo de oficios hablamos, la experiencia se adquiere con la práctica y esta nos da conocimientos que otros pueden aprovechar. Cuándo de la vida hablamos, la experiencia es personal e intransferible y de nada sirve a otro la propia. Es entonces la experiencia una bonita palabra que no sirve para nada. ¿Quién puede prevenirme, aconsejarme para evitar el fracaso? ¿Un triunfador? Si es un triunfador tengo pocas probabilidades de que reparta conmigo sus vastos conocimientos. ¿Un fracasado? ¿Pero qué me va a decir a mí de la vida y sus misterios un desgraciado, un pobre fracasado? Y como el cuento se repite eternamente, te voy a dar aquí un consejo fruto de mi experiencia. Aprende a vivir sin ella, ya te llegará, tú tranquilo, te llegará tarde, como siempre, pero te llegará y entonces ya podrás repartirla a tus anchas y aburrir a las ovejas con la voz de la experiencia. Podrás reunir a tus hijos y largarles sin compasión el cuento de los cojones.
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso, cuidado a quién te arrimas. Ojito con las compañías, que te pueden echar a perder. Esos amiguitos que tienes… no son trigo limpio.
¿Es posible que mis amiguitos no tengan un padre que les cuente el cuento de los cojones? Pobrecillos, solos y desamparados en esta jungla. No te lo creas. Seguramente su padre les cuente lo mismo que el tuyo y entonces el que no es trigo limpio eres tú. Los malos siempre están de puertas afuera, siempre dispuestos a corromperte, incansables, maquinando sin tregua, invitándote a practicar conductas y hábitos deleznables, entregados en cuerpo y alma al servicio de su señor, Satán. Justo, justo, como haces tú según su padre.
ÉRASE UNA VEZ, hazme caso, lucha por un mundo mejor, donde como individuo has de participar y comprometerte; un mundo solidario en el que tu labor es importante.
El mundo se estremece, se le revuelven las tripas a la opinión pública. Guerras, muerte y carnicerías, miseria, pobreza, enfermedades, abandono. Tenemos de todo pero no es esto lo que revuelve nuestras tripas. Nuestras tripas se revuelven todas a la vez. ¿Cuándo? Cuándo nos lo permiten. Cuando nos lo mandan desde los medios. Como deporte. Hay mil tragedias sobre el planeta. Se escoge una, no sabemos muy bien quien lo hace, y la maquinaria se pone en marcha. La calle es un clamor y todas las gentes de bien corren a manifestarse contra semejante barbaridad. Como las ovejas, arrastramos nuestros pies por las calles de medio mundo con pancartas y chapitas que lucimos orgullosos, con esa cara de sentirnos capaces de cambiar esta injusticia. Si queremos podemos. Si nos unimos todos los gilipollas del mundo pararemos esta tragedia. Adelante únete a nosotros, no te quedes en casa, ponte una pegatina y sal a lucir esa cara de macaco que pones en las grandes ocasiones. Es increíble lo que podemos conseguir unos cuántos miles de moscas cojoneras adecuadamente organizadas. Eso sí, vamos a parar esta tragedia, pero solo esta, la que está de moda. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones y no meternos en empresas que puedan poner en peligro la tranquilidad de nuestra sobremesa. ¿Te imaginas que desasosiego reinaría en las sobremesas si nos negáramos a soltar un solo penique para nada hasta que los niños del mundo jueguen con la tripa llena? ¿Te imaginas que desasosiego reinaría en las sobremesas si pobres y menos pobres practicáramos sólo unos días la desobediencia monetaria para con el dios banca hasta que deje de lanzar familias a dormir al raso? ¿Te imaginas que desasosiego reinaría en las sobremesas de algunos? ¿Excesivo verdad? Bien, sigamos con el cuento, pero no me den la matraca con esa ración de solidaridad magníficamente calculada y esos estupendos argumentos que otros piensan para mí. Nada de luchar a muerte por los desheredados. Así es como el cuento nos quiere.
ÉRASE UNA VEZ un planeta maravilloso, una fuente de recursos que hemos de conservar, colaborando todos para conseguir un desarrollo sostenible.
Y son los primeros en colaborar, con inversiones y medidas medioambientales, con nuevas y renovables energías, aquellas empresas monstruosas que la producen y suministran. Y también, cómo no, aquellos bancos que las cobran, siempre incentivando inversiones en investigación y desarrollo, para hacer mejor y más cómoda la existencia de aquellos que pagamos. Porque son para ti como padres amorosos, siempre velando por tu bienestar y provecho. El mero hecho de que ciertas entidades o personas pronuncien las palabras, “desarrollo sostenible“, pone los pelos de punta. La palabra desarrollo tal y como hoy la entendemos, resulta del todo incompatible con la palabra sostenible. Por eso hemos cambiado también el concepto de sostenible. Sostenible es ahora algo que a duras penas se sostenga una generación. El que venga detrás… (o sea, tus hijos), ni pensarlo quiero.
Producimos cantidades descomunales de residuos de todas clases y colores, derrochamos recursos a velocidad de vértigo y todos colaboramos cada día, en el mundo desarrollado claro, con nuestra individual dosis de contaminación. Eso sí, todo perfectamente organizado, medido y legal. Y siendo legal, no hay problema. El planeta, la naturaleza, el universo entero sabe que lo que es legal a los ojos del ser humano, eso es lo correcto. Acabaremos con bosques, ríos y mares, pero no pasará nada, no preocuparse, ha sido de forma legal, con el consejo y patrocinio de aquellas personas de provecho que, cursando los estudios que el cuento de los cojones recomienda, lograron la formación y el derecho a destruir, con desarrollo sostenible, el planeta en que vivimos los palurdos que no nos tragamos el cuento. Todos tranquilos, sentados en nuestro potente vehículo turbo diesel, TOP LINE, o FULL EQUIP, o NO VA MÁS. Con todo tipo de adelantos y comodidades. Fabricado con las más modernas tecnologías y materiales. Aleaciones, gomas, plásticos, maderas, cristales, resinas, siliconas y otras que no sé ni nombrar. Grande, cómodo, con una estupenda motorización de bajo consumo y sobre todo una mínima emisión de gases contaminantes a la atmósfera. Aquí sentados, rodeados de PVC por todas partes, con ese aire acondicionado que nos permite mantener una temperatura óptima para pensar con claridad, aún cuándo en el planeta se derritieran los polos, eso no afectaría al habitáculo de la máquina. Y así, pensando con claridad, es como nos congratulamos de nuestro progreso, de concebir artefactos tan avanzados e inofensivos a la vez, que nos permiten alejarnos del contaminante ajetreo urbano y adentrarnos en la pura naturaleza, disfrutar de aquello que tanto nos satisface, percibir la vida sobre nuestras cabezas mientras refrescamos el gaznate con una cervecita en envase no retornable y sentir que nos inunda un individual orgullo por participar activamente para mantener un desarrollo sostenible.
Abajo, en el valle, un paisano de los de boina y alpargata, acarrea con su borrico un bonito feje de leña sujeto con una cuerda vieja y mil veces usada. Pobrecito, ¡qué vida! Un hombre de otros tiempos que no ha podido o sabido progresar. Un insolidario que se ha apartado del mundo, que no colabora, no participa, no se manifiesta. Un egoísta insolidario, ajeno a tantos problemas que nos atañen a todos.
¿Es que nadie va a contarle el cuento de los cojones?
Haya salud y suerte
EL PAÍS DE MIS SUEÑOS.
1º-En el país que yo quiero, el pueblo no clama impotente contra políticos corruptos y sordos. En el país que yo quiero los mete en la cárcel.
2º- El país que yo quiero no paga coches de alta gama para una recua de figurantes acomodados y parásitos. El país que yo quiero paga sillas de ruedas, camas, tratamientos y ayudas para aquellos más desfavorecidos.
3º-El país que yo quiero no construye autovías, trenes de alta velocidad y aeropuertos para burgueses si no puede mantener las infraestructuras del pueblo llano que lo paga.
4º-El país que yo quiero no paga sueldos dignos del primer mundo a sus gobernantes si antes no han conseguido sueldos dignos para los que viven en el tercero. Y votan.
5º-En el país que yo quiero no se cobran tasas al que clama justicia si los que roban se van sin devolver un céntimo.
6º-En el país que yo quiero, cuando los gobernantes no cumplen con su deber de salvaguardar el derecho constitucional a una vivienda digna, dejando que la usura ahogue y desahucie a sus votantes, el votante debería pensar en incumplir el suyo como pagador.
7º-En el país que yo quiero, los jóvenes ya formados no emigran en busca de limosna laboral, se quedan para derrocar y sustituir a aquellos les hipotecaron el futuro.
8º-En el país que yo quiero, el pueblo no repite por enésima vez su historia, sino que la conoce, la recuerda y la cambia.
9º-El país que yo quiero no se comporta como rebaño obediente. El país que yo quiero actúa como manada orgullosa.
10º-En el país que yo quiero, pensar de otra manera no te convierte en enemigo, radical, ni anti sistema. En el país que yo quiero hay infinitas formas de ver la vida para ayudar a mejorarla.
Estos diez mandamientos se encierran en uno:
HAYA SALUD Y SUERTE PARA TODOS.
A “FLORA LA RACA”
No la tenía yo entonces por mujer ni por persona, que la tenía por sospechoso bulto de ropa gorda y vieja. Acercábase a mi casa por aquella carretera que venía del pueblo y allí, a lo lejos, aparecía su negra silueta. ¡Que viene Flora la raca! Y a este grito, y sin gobierno, emprendíamos mi hermano y yo carrera desenfrenada y melindrosa en busca del cobijo y defensa que solo una madre proporciona. Nada en el mundo, ni antes ni después, consiguió meterme en el cuerpo un miedo semejante, que no es posible medirlo, que es el miedo total, que mi hermano, siendo más pequeño, tenía el miedo igual de grande.
Pedir limosna por las casas era su ocupación y en eso andaba de pueblo en pueblo, en eso y en sembrar el pánico entre la gente menuda, que era, Flora la raca, en todas las casas del pueblo, infantil amenaza para inquietos y revoltosos y, su saca, destino postrero de aquellos que no atendieran a la normal disciplina, o a los deseos y sugerencias de los que tenían por mayores. Y era el caso que, apareciendo ella en el pueblo, esfumábase la rapacería presa de un miedo rural y campesino, que es un miedo muy particular y de otro tiempo que solo al pueblo le es propio, como bien saben y entienden aquellos que lo han sufrido.
Con dos golpes de cachaba, que a mis oídos sonaban como si Satanás mismo los diera, anunciaba su presencia a las puertas de mi casa y, para mi susto y sorpresa, la invitaban a pasar, a sentarse junto al horno, a tomar café con leche y a platicar con mi abuela que no parecía notar la oscuridad y el terror que el personaje arrastraba, y que me causaba a mí parálisis motora, sudoración, espasmos gastrointestinales, dilatación del globo ocular y pérdida de control de mis, aún jóvenes, esfínteres. Intentaba yo comprender cómo podía mi abuela darle tranquilamente a la lengua con la que, según noticias, tenía por costumbre llenar la saca de tiernas criaturas con las que dar sabor a sus caldos y cómo podía compaginar, aquella oscura señora, actividades tan dispares, la una, tomarse junto a mi abuela, que nunca hizo daño a nadie, un rico café con leche, la otra, desollar tiernos infantes.
Teniéndola allí tan cerca podía yo apreciar el singular ropaje con que se cubría la vieja, que a mí me pareció estar envuelta en gruesa y negra cortina, sin rastro de abotonadura o cosa que se le pareciese y solo su arrugada cara hacía pensar que allí dentro había inquilino. Una cara que era reineta seca con ojos y vivero de melenudas verrugas. También negra era la saca que llevaba donde, imaginaba yo, irían a parar los huesos de infantes rebeldes y asilvestrados. Y, aunque yo no le perdía ojo a la saca, no pude apreciar movimiento o rebullir de algún desgraciado rapaz que estuviera allí metido, fuese por que no había tal rapaz, o por haberlo ella matado antes a palos con aquella cachaba gorda que más parecía garrote.
No puedo yo recordar que temas o noticias se trataban en semejante aquelarre, y no es falta de memoria sino idiotez transitoria que el miedo me producía. Tampoco puedo decir el tiempo que éste duraba, primero por no tener reloj con el que medirlo y segundo porque el tiempo y su medida lo conocí yo más tarde, que entonces no me importaba ni lo eché jamás en falta. Así, con el miedo arriba dicho y teniendo yo los sentidos en precario, lo que quedó en la memoria a la vista y al olfato se lo debo. Lo que con los ojos vi, arriba ha quedado dicho, voy a decir ahora lo que olí con la nariz. Si el aspecto de la vieja era sombrío y tenebroso, el tufo que despedía a juego con él andaba. Diríase que allí en la saca se descomponía un cadáver, que no es posible que tan fétida fragancia proceda de nada vivo. También a rancio y a grasa olía la buena señora, y a humo, y a ropa vieja, y a un sin fin de otros humores que me hacían a mí pensar, como párvulo infeliz, que no ha mucho que la vieja había estado junto al mar.
Acabada la conversación, y con los mejores deseos, abandonaba Flora la casa. Su olor se marchaba más tarde. A mí dejábame con el corazón encogido, agradeciéndole a mi abuela el no haberle recordado a la oscura señora las trastadas y bellaquerías que adornaban mi expediente, y con el firme propósito de, sospechando futuras visitas, ser en lo por venir el más bueno y obediente de los rapaces.
Hoy, aquella oscura y tenebrosa figura, aquel miedo rural y campesino, no son otra cosa que un recuerdo de infancia. Del miedo que a Flora la raca le tuve, otros fueron los culpables. Del recuerdo entrañable que hoy tengo de su figura, no sé si se ha de culpar a nadie.
Haya para todos, salud y suerte.
DE VEZ EN CUANDO PIENSO UN RATO
No he sido capaz en toda mi vida de saber a ciencia cierta lo que quiero. Pero sí he conseguido dilucidar lo que no quiero. Si digo verdad, no me fío un pelo de aquellos que tienen claro lo que quieren conseguir. Me aburren con su estrechez. Me cansa su simpleza. Cada día es diferente del anterior y nunca he querido hacer planes para el siguiente. Ni siquiera sé si podré disponer de él. Me siento mucho más cómodo improvisando, moviéndome a través de la incertidumbre. La certeza me produce desasosiego, casi miedo, la siento como una especie de muerte previsible. Tener la certeza de lo que voy a hacer más allá de unos pocos días me desconecta de la vida. Necesito sentir que soy dueño de mi presente porque siempre he pensado que es cuanto tengo, no quiero hipotecarlo, condicionarlo por aquello que ha de venir, porque nunca he podido sentir el futuro como algo real. Me gusta cambiar de dirección cuando me da la gana, empezar una y mil veces si hace falta y concluir solo aquello que hace que me sienta mejor persona, conservar el ímpetu que da la libertad. La certeza me mata. Me mató de pequeño, cuando llegué a creer las peroratas de filósofos amaestrados, y me ha costado mucho resucitar esta sensación de novedad y esperanza para cada día. Como a todo ser humano, el pasado me ha condicionado. No voy a consentir que me condicione el futuro seguro y placentero que prometen los voceros del amo, un concepto utilizado, las más de las veces, para asustar, para sustituir al presente y gobernarlo. Un futuro que nunca conseguiré pisar, ni yo, ni ningún mortal. Una zanahoria en el extremo del palo. Yo no quiero un plan preconcebido. Yo lo prefiero así. Que nadie tenga para mí un plan, ni expectativa tan elevada, que convierta mi paso por la tierra en una sucesión de sacrificios y pruebas estúpidas, en un rosario de metas, objetivos y deseos aplazados. Que no tenga yo un glorioso paraíso sin el que poder quedarme, ni el deseo de lograrlo que me trastorne el espíritu convirtiéndome en esclavo de las reglas que lo alcanzan.
No he sido capaz en toda mi vida de saber a ciencia cierta lo que quiero. Pero si he sido capaz de dilucidar lo que no quiero. No quiero perder la sensación de libertad. No quiero alejarme de los míos. No quiero colocar prioridades por encima de mi conciencia. No quiero que nadie me recuerde pero no me disfrute. No quiero perder el tiempo dando explicaciones. No quiero escuchar lamentaciones de los necios. No quiero olvidarme de los que me dan. No quiero dar la razón a los que hablan más alto. No quiero perder mi vida juntando dinero. No quiero matar a nadie por una frontera. No quiero seguir la corriente. No quiero sonreír sin ganas. No quiero que un simple decida lo que quiero. No quiero dar mi cariño a los que no me quieren.
Haya salud y suerte.